Según cuentan las creepypastas: hace años, un recién coronado monarca convocó a todos los sabios del reino. Deseaba que en el nuevo anillo imperial apareciera una máxima que le indicase cómo gobernar conforme a la Verdad, la Libertad y la Justicia.
El concilio, que debía durar unas pocas semanas, al cabo de un año aún no había concluido, pues ninguno de sus integrantes fue capaz de sintetizar todos los principios del buen gobierno en un número de palabras que no excediera el diámetro del anillo.
Cuando al Rey se le informó de tan estéril resultado, entró en cólera.
Entonces, un bufón que llevaba sirviendo a la familia real desde hace generaciones, se quitó su cascabeleado capirote y puso una voz más solemne que de costumbre: «Conozco una frase. No le indicará el rumbo correcto, pero lograría calmarle hasta en el más aciago destino».
«Mi señor, puedo entregársela si jura cumplir estas dos condiciones: La inscripción se realizará en el interior del anillo y sólo podrá ser leída durante la noche más oscura de su gobierno».
El rey aceptó.
Y su bufón, acompañado de un orfebre ciegosordomudo que fundió el anillo del anterior monarca para forjar el nuevo, escribió esas misteriosas palabras sobre el oro incandescente.
Pasaron las estaciones, hubo hambrunas, se perdieron guerras, y al Rey nada de lo sucedido le parecía de una gravedad suficiente como para quitarse el anillo.
Hasta que tras una cruenta invasión, su pueblo fue masacrado y sus súbditos sometidos a los suplicios más atroces que la imaginación de los vencedores pudo concebir.
Y cuando, frente a la horca, le preguntaron cuál era su último deseo, el Rey pidió que le desataran las manos durante unos pocos segundos.
Le temblaban, más por incertidumbre que por miedo, pues en el fondo de su ser aún pervivía la esperanza de poder huir de aquel infierno gracias al conocimiento que se ocultaba en su dedo anular. Así, leyó en voz alta: «Sobre esto también se harán memes».