Hay una belleza despreocupada que tan sólo es propia de las conversaciones insustanciales. Lejos de las grandes reflexiones, demostraciones de lucidez y sendas de lectura.
Sólo tú, sólo él, frente a frente hablando del tiempo.
Cuándo no tienes nada que impostar, lo único que queda es explicitar tu humanidad: preocupaciones, flaquezas, incertidumbres y el largo etcétera que tan bien disimulamos.
Esos momentos de afabilidad con desconocidos, sin cinismos ni artificios, nos mantiene pegados a la realidad, nos recuerdan lo absurda que debe ser una vida intermediada por la filosofía, donde no eres capaz de amar hasta haber leído Erich Fromm, desnaturalizas los licores del placer al sobreanalizarlos o no disfrutas como algo extraordinario una conversación mundana sobre los nietos de cada quien.
Vivir intensamente como un necio y reflexionar profundamente como un sabio, no se me ocurre ninguna otra forma de hacer filosofía que no te convierta en un pedante amargado.