El pasado 5 de octubre se celebró, en el espacio cultural Menador, la mesa redonda El narrador afónico: la víctima de la historia. Una aproximación a la literatura de los derechos humanos. Es muy común, para eventos de esta índole, invitar a un puñado de activistas que se estarán pasando la pelota, mientras encadenan quejas de lo mal que está el mundo y lo virtuosos que son ellos al tener la valentía de señalarlo. Por suerte, no fue el caso.

Un total de 8 escritores abordaron el tema central desde distintas perspectivas, evidenciando la gran cantidad de situaciones que pueden determinar la condición de víctima.

Luis Rodríguez habló de cómo literatura y realidad son dos cosas distintas. Aunque podamos comprender a las víctimas leyendo sus historias, si nunca lo hemos sido, jamás nos podremos poner en su lugar. Porque ellas no son capaces de cesar su dolor cerrando las páginas.

Escritor es quien tiene problemas con el lenguaje, dijo Bárbara Blasco. Y que en muchas ocasiones, se escribe para revertir el papel de víctima, convirtiendo el dolor en belleza. Como en el caso de las mujeres que han visto su trabajo minusvalorado: Un crítico llegó a decir que Frankenstein se había escrito solo, pues le era inimaginable que una mujer pudiera componer esa novela.

Eduardo Ruiz Sosa contó que el lenguaje desaparece con las experiencias traumáticas, siendo sustituido por los balbuceos. Y no es la literatura lo que les devuelve la voz a las víctimas. Esta regresa a medida que se alejan del suceso. Es la sociedad quien no las escucha. Como ocurre en el noreste de México, donde los sicarios del narcotráfico han cavado cientos de fosas. Las rastreadoras, mujeres que tratan de encontrar a sus familiares desaparecidos, aunque no han sufrido la violencia en su cuerpo, se convierten en fantasmas.

Fernanda García Lao expuso cómo se logra continuar la literatura argentina, cuando esta da comienzo con la violación de El matadero. Ante todo, nunca deberíamos perder de vista que la vida siempre ocurre en un cuerpo: Un taxidermista le dijo que para alcanzar la condición de maestro en su oficio, él antes debía preparar una mujer.

Olivia Martínez Giménez narró, desde la poesía, los abusos sexuales que provocan en sus víctimas una culpa y vergüenza basada en el discurso social de “algo habrás hecho”, “las visten como putas”, “haber cerrado las piernas”. Por ello es tan necesario adoptar una voz, utilizando el lenguaje como un revulsivo violento y curativo, para así reapropiarse del cuerpo de uno mismo.

Kike Parra mostró que el entorno rural tiende a narrarse desde las ciudades, explotando el cliché de los urbanitas que se sienten desubicados viviendo en el campo, al encontrar un lugar atrasado y hostil. A su vez, en nuestras sociedades, cuando un pueblo se vacía, los derechos se pierden: desaparecen los bares, los vecinos ya no tienen donde reunirse y los turistas tampoco pueden pararse a comer. El pueblo queda borrado del mapa.

Eudris Planche nos ilustró cómo en Cuba los libros son censurados por miedo, aunque no exista una orden desde arriba. Sus autores, a pesar de aún no tener un mercado editorial en la isla, tratan en profundidad la cuestión de los derechos humanos a través de, entre otros asuntos, los asesinatos que se producen en las cárceles.

Cuando conocemos a alguien, no le preguntamos a qué dedica su tiempo libre, sino de qué trabaja, aunque al 90% de la población no le guste su empleo. Somos lo que trabajamos. Javier López Menacho explicó que la precariedad es hegemónica, los derechos de los trabajadores parecen haber desaparecido y a nuestro entorno no le suele preocupar cómo estamos mentalmente, siempre que puedan decir: «Por fin ha encontrado curro». Cuando en verdad, la vida no se gana con el trabajo, se gana atesorando instantes de felicidad.

El evento fue posible gracias al escritor y profesor de filosofía del derecho Jesús García Cívico, y a la Universidad Jaume I.

Mientras el ensayo filosófico puro, con su estructura lógica “sistematizada”, es habitual que acabe generando nuevos dogmas a partir de premisas inexactas. Por medio de la literatura, al crear mundos ficticios basados en la realidad, se puede explorar la concreción de esos postulados, viendo qué teorías son demolidas por la cotidianidad.