El débil atesora flaquezas. El fuerte disfruta de la capacidad para hacerles frente. El simple carece de ambas, él está por encima.

No requiere de luz ni oscuridad, ya que se encuentra desamarrado de todo lastre moral.

En el fondo, no procesa ninguna ideología, ni tampoco tiene autores de cabecera a los que defraudar, tan sólo desea mantener el lugar que ocupa.

Por eso es peligroso para el sistema, porque no siente vergüenza alguna, ni más preferencia que el oportunismo. Y como cualquier traidor, marca las reglas del juego.